Santuario de Juan Soldado, situado en el Cementerio “Puerta Blanca” o Panteón I, en Tijuana, B.C.
Con motivo de la celebración de la Festividad del Día de Muertos, el 2 de noviembre de 2012 realicé una visita guiada por mi tutor (el Dr. Luis Escala Rabadán) a la Tumba de Juan Soldado, ubicada en el Cementerio “Puerta Blanca”, Panteón Nº 1 de la ciudad de Tijuana (próximo a la línea fronteriza), ya que en esas fechas es tradición en la ciudad visitar este célebre santuario:
“Según la tradición, en este día los espíritus de los muertos regresan al mundo de los vivos para pasarlo con sus familiares y amigos. Ellos decoran su tumba con flores, velas, incienso y las cosas que disfrutaban en vida o que los hacían sentirse orgullosos. Además les llevan su comida y su bebida favorita”. (Pérez, A)[1].
Esta tumba es un símbolo distintivo de la ciudad, goza de gran popularidad en todo el Norte de México y constituye todo un símbolo de las dificultades de la vida en frontera y el sufrimiento de los migrantes en su trayecto hacia la búsqueda de una mejor vida. Juan Soldado o mejor dicho, Juan Castillo Morales fue un soldado raso del ejército mexicano acusado (al parecer) injustamente en 1938 de violar y asesinar a una niña de 8 años de edad. Tras ello, fue condenado a muerte por fusilamiento y se le aplicó la "Ley de Fugas". Así, se le trasladó al cementerio dándole la opción de huir, y tras ser abatido por los disparos del ejército, se procedió a darle sepultura en el mismo lugar donde cayó su cuerpo.
Tras estos macabros sucesos, comenzó a circular por la ciudad el rumor de que era inocente y no fue él, sino un superior jerárquico, el verdadero autor del crimen. De modo que los vecinos próximos al cementerio empezaron a propagar la existencia de toda clase de sucesos paranormales alrededor de su tumba: manaba sangre de la misma, se oían voces procedentes del más allá, o aparecían apiladas piedras sobre ella[2] (obviamente, podemos imaginar que alguien se dedicaba a colocarlas). Y así nació el mito.
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